Madrid, 31 de Agosto de 2003
Este año, ha sido un año importante y extraño, sobre todo la última parte del verano. Ha sido importante por múltiples razones: la primera de ellas es que nuestra amistad ha ido consolidándose y espero que esté caminado firmemente sobre una senda segura, cierto que es una senda que no existe y que vamos creando mientras caminamos, pero la llamo segura porque estoy convencido de nuestra firme voluntad de construir una “amistad ideal”; la segunda razón es que yo, que de alguna forma me creía ya instalado en la serenidad, he visto tambalearse mi seguridad en un par de ocasiones aunque, afortunadamente, esto me ha llevado a dos avances importantes: “encontrar una forma definitiva de vencer la angustia” e “interpretar la evolución normal de la vida de aquellos que hemos definido nuestra identidad de una determinada manera y no queremos dejar de ser así, a través de lo que he llamado la helicoide de la vida”. Ha habido, es cierto, otras cosas importantes aunque de menor entidad como el hecho de haber empezado una nueva tesis doctoral apoyada por un proyecto de reforma educativa del centro donde trabajo.
Por otro lado, también ha sido extraño, primero porque esa pérdida momentánea de seguridad me hizo tambalearme un momento y segundo, porque, mi entorno inmediato ha experimentado cambios bruscos que me han sorprendido y tengo un cierto sentimiento de fracaso.
Después de haber meditado mucho en las ideas que la trilogía de Italo Calvino (El caballero inexistente, El vizconde demediado y El barón rampante) me sugerían, se me ocurre que la vida de un ser humano que ha decidido definir su identidad de una determinada manera se asemeja a una helicoide, como las que unen las hojas de un bloc escolar. El eje de la helicoide es el tiempo en el que se desarrolla la vida, o si lo prefieres que se crea con la vida, mientras que la base es el círculo que indefectiblemente recorremos por el hecho de no ser seres perfectos, acabados, sino seres inconclusos, no liberados sino en liberación, ese circulo que se eleva sobre si mismo, en hélice, al vivir:
Empieza cuando uno define su identidad decidiendo ser de una determinada manera (el caballero inexistente)
Pero el hombre, desafortunadamente, es un ser inconcluso y, por tanto, dual, de modo que:
Aunque haya decidido ser de una determinada manera, sus debilidades, sus necesidades aparentes, sus dependencias residuales le hacen sentirse mal porque no recibe la respuesta que desearía (el vizconde demediado)
Al llegar a este extremo, uno se da cuenta de que:
Habiéndose definido de una determinada manera (que implica una concreta y difícil regla de conducta, la cual le define a uno no sólo por que se acepta la regla como seña de identidad sino porque esa regla le distingue de la mayoría), no puede volverse atrás y dejar de comportarse así porque entonces, nadie, ni siquiera uno mismo, le reconocería (el barón rampante)
Como consecuencia, hay que volver a la posición inicial en la que uno ha definido su identidad y comienza así, hasta que seamos capaces de superar este círculo, otra vuelta de la helicoide.