El retrato

EL RETRATO

by J.L.H. Neira

Encaramado en una escalera metálica de tres peldaños, recubierta de goma, Juan había estado haciendo limpieza de cosas ya inútiles: viejos cuadernos escolares, fotocopias de libros ya ilegibles, tubos de pintura al óleo resecos, endurecidos por el olvido...

Llevaba ya un rato enredando en el maletero. Terminada la tarea, se disponía a cerrar la doble puerta cuando percibió la mancha blancomate de una caja de zapatos. Se empinó un poco para alcanzarla. Casi la tocaba con las puntas de los dedos. ¡Dios!, la escalera vaciló bajo sus pies tambaleándose hacia delante. ¡Un traspiés!, ¡otro!, se agarró a la moldura del armario mientras la escalera se posaba de nuevo sobre sus patas dejando oir un leve tamborileo. Por fin pudo alcanzar la vieja caja y arrastrarla hacia si. Al abrirla, descubrió multitud de sobres, de tamaño regular, abarrotados de fotografías familiares de distintas épocas: Madrid, Tetuán, Xauen, el alto del Gurugú... Bajó un par de peldaños y, acomodándose en el último, colocó la caja de fotos sobre sus rodillas. Las imágenes que pasaban por sus manos le traían confusos recuerdos de otro tiempo. La época, el entorno, las personas le eran familiares pero no podía recordar la circunstancia concreta que aquellos testigos mudos presentaban ante sus ojos.

Notó que uno de los sobres no cerraba bien. Una fotografía, de formato algo distinto, algo más cuadrada que las demás se lo impedía. La extrajo con curiosidad. Era un retrato de su padre, con su flamante uniforme de teniente de artillería y correaje de gala. Pares de estrellas doradas, de seis puntas, brillaban sobre hombreras y bocamangas. Treinta y siete años bien cumplidos. Mucho mayor que sus compañeros de promoción. Frenta amplia. Cabello negro, suavemente ondulado. Robusto. De aspecto decidido, seguro. Su sonrisa franca y su mirada firme exhibían el legítimo orgullo de su hazaña. Le inundaron recuerdos de la epopeya paterna.

Con la foto en la mano izquierda fue pasando revista a la historia tantas veces contada y, no obstante, siempre emocionante. Historia de un hombre que se hizo a si mismo. Leyenda de una voluntad de acero. La épica de la vida corriente. Notó como sus antebrazos se tensaban y la foto caía de sus manos quedando sobre la empalizada de sobres. Con los puños cerrados y el abdomen contraído parecía apoyar la lucha paterna. Un escalofrío recorrió su espalda e inundó su cabeza erizándole la raiz del cabello mientras un nudo invadía y pugnaba por cerrar su garganta.

Posó su mirada húmeda sobre aquellos cabellos negronocheondulados, promesa no cumplida de calvicie prematura. La mayor parte de las personas de cabello rizado pierden el pelo desde edades tempranas. Debilidad en pago por la belleza. No era éste el caso de su padre. Imágenes de cabeza canosa, poblada. La etapa de padreducador. Fallos. Egoismos de niño. Debilidades de adolescente se agolpaban en su mente. Nada bueno, especialmente digno de mención, equilibraba la balanza. Notó como subía la temperatura de sus mejillas, que imaginaba enrojecidas. ¡Qué fácil hubiese sido, en tantas oportunidades, hacer que su padre se hubiese sentido orgulloso de él! Oportunidades perdidas de generosidad barata. Rubor periódico nuncaolvidado.

Los ojos, algo erráticos, paseaban por aquella cara ancha, cuadrada, firme de carnes, que mostraba el retrato y que otras imágenes, suministradas por el recuerdo, pugnaban por emborronar. Parecía atrapado en una pesadilla de la que no podía salir. El cuello, poderoso, sin arrugas, se llenaba ante sus ojos, como por arte de magia, de bolsas de piel vacía que descendían hacia el tórax. La carne de sus mejillas se descolgaba como si la fuerza de la gravedad aumentase por momentos en el mundo congelado de la foto. El aspecto se tornó, bruscamente, descuidado, falto de esmero de mujer. La mirada, antes firme y llena de vida, se perdía en no se que horizonte, cansada de trabajos, triste de soledad.

Apenas podía percibir las formas del retrato. Sus contornos, desdibujados, se fundieron sobre la imagen de un rostro apergaminado, amarillento. Los ojos cerrados se hundían en sus cuencas. La nariz, afilada, con las fosas tapadas por algodones. Un pañuelo sujetaba la mandíbula a la parte superior del cráneo. Juan sentía que se ahogaba. Lágrimas amargas mientras una voz, ininteligible, de no sabía donde, martilleaba su cerebro.

El agrio sonido del teléfono le hizo volver en si. Tardó algunos segundos en reaccionar. Se enjugó los ojos con el pulgar y el índice de su mano derecha y, con un suspiro entrecortado, entró en el salón y se acercó a la mesita velador del teléfono.

- Hola Juan, soy Ana ¿cómo estas?

Oyó su voz, algo quebrada, decir:

- Yo b..ien, y vosotros.

- Todos bien. Papá, aunque chochea un poco, está bien. Físicamente se ha recuperado bastante. Dice que te echa de menos.

Se le escapó un profundo suspiro a la par que sus músculos se iban relajando.

- Sabes...., he pensado ..., voy a ir a veros este fin de semana, pero no desorganices tu casa. Dormiré en un hotel. Llegaré el viernes por la noche y así podremos aprovechar sábado y domingo.