La pareja

LA PAREJA

by J.L.H. Neira

Le había costado un enorme esfuerzo recomponer su relación de pareja. Olvidos, indelicadezas, obsesiones, armas arrojadizas en momentos de conflicto la habían ensombrecido a los ojos de ella. El lazo de unión se había ido debilitando hasta casi romperse.

Aquella cena representaba el final de una tarea de meses en la que había intentado recuperar el ambiente, el tono de los tiempos felices. El restaurante, especialmente escogido para la ocasión, estaba escondido en un callejón. La puerta quedaba disimulada en uno de los huecos de una hilera de tiestos, con arbustos de boj, que se extendía a lo largo de la fachada. Una enredadera, que prácticamente cubría la pared exterior del edificio, dejaba la puerta semioculta dando al restaurante un cierto aire de misterio. Su interior, un poco cursi –con tenues luces indirectas que, al reflejarse en las paredes anaranjadoamarillentas, creaban una atmósfera cálida- resultaba acogedor. Las mesas, para dos, vestidas de rojo, con centros de mesa anulares, de madera de cerezo artificialmente envejecida y una vela en su centro –que encendía el maitre cuando acomodaba a los clientes- aseguraban la intimidad de las conversaciones. Un cenáculo de parejas.

- ¿Desean elegir ya?
- No. Esperaremos un poco. Tráiganos, de momento, una botella de Chianti.

Miradas que se encuentran. Ojos que brillan: Manos que se buscan. Grata calidez seca que se extiende por los cuerpos. Gozo interior. Paz. El hombre levantó su copa para apreciar el color del vino. La imagen de una pareja de orientales se filtraba a través del cristal abombado de su copa.

Habían llegado antes que ellos. El primer plato estaba sobre la mesa. El de ella, sin tocar. Él comía con rapidez, mirando al plato. Su aspecto concentrado parecía sugerir que aquella actividad requería toda su atención. Ella rehusó el segundo plato. Él no.

Ella, delgada, distinguida, vestía una elegante falda gris, de algodón. Una blusa de lino color azul turquesa y rebeca a juego, completaban su atuendo. Su cuello, fino y proporcionado, se adornaba con una delicada gargantilla de oro. El cabello, de un negro intenso, con destellos azules, enmarcaba una cara pálida no exenta de calidez. Delicadeza oriental, con toques de elegancia inglesa. Con la cabeza suavemente ladeada, como intentando empapar de ternura su mensaje, hablaba quedamente. Algunas lágrimas recorrían la pálida geografía de aquel rostro de porcelana.

No podía oir nada, pero el recuerdo del timbre de otras voces orientales ponía sonido a aquella voz que se le antojaba hermosa. La mezcla de realidad y recuerdos hacía la escena más real, más próxima.

De vez en cuando, la forma desenfocada de algún cuerpo: el maitre, los camareros, velaba fugazmente, al pasar, la escena.

¿La comprendería él? ¿Podría captar su compañero la enorme ternura, el desconsuelo sin límites que parecía desprenderse de aquella mirada? Sintió cierta congoja. Involuntariamente, desvió su mirada hacia él.

Alto, delgado pero fuerte, de envergadura superior a la normal entre los suyos, vestía un pantalón de estambre, gris marengo que conjuntaba bien con la chaqueta blazer azul marino. Un elegante pañuelo protegía su cuello. Permanecía con la mirada hundida en una copa de vino casi vacía, como si un abismo sin fondo le atrajera hacia si. Levantó los ojos y dijo algo. Una o dos frases. Sin gesto alguno que las acompañara. Sus manos se apoyaban en sus rodillas, debajo de la mesa, escondidas bajo el mantel.

- No puedo creerlo. Me lo estás volviendo a hacer-

- Calla. Espera un momento. Fíjate en esa pareja de japoneses, o lo que sea. Mira que escena tan poética, tan cargada de ....

- Pero ...
- Espera un poco. Ahora hablamos. Veamos en qué queda esto.

La joven oriental estaba ahora más envarada, tensa, su expresión mostraba, mezclada con la tristeza, una sombra de indignación. La cabeza se inclinaba hacia delante con aire más combativo. Su discurso se había hecho más rápido. Él ahogó su mirada en el vino. No volvió a decir nada.

- Fíjate que hermosa es. ¡Qué delicadeza! Y él. Parece la imagen misma de cualquiera de los héroes de las grandes tragedias, abatido por un destino inevitable.

Otra forma indefinida, cruzándose, cubrió momentáneamente la escena. Ninguno de los orientales hablaba ahora. Ella abatimiento. Él impotencia. Al cabo de un rato se marcharon.

- ¿Desea el señor pedir ya?
- Sí, por favor.

Miró a su compañera. Un suspiro de desánimo se escapó de sus labios. La silla vacía hablaba por si sola.

- Espere un momento.

Salió a la calle.

Nadie.

Corrió hacia el extremo del callejón: miró hacia un lado, luego hacia el otro.

Calle desierta.

Encendió un cigarrillo y con la mirada vacía y el cerebro lleno de pensamientos erráticos y una sombra de tristeza indefinible, volvió al restaurante.